Cuando un País no tiene un proyecto histórico que aglutine a sus diferentes grupos de interés a través de un discurso político-social consensuado, esos grupos tienden a atrincherarse en posturas que, en ocasiones, rayan en lo irracional con la ilusión de retener el poco poder de convocatoria que suelen mostrar ante las encrucijadas históricas. Esas posturas le permite –a movimientos políticos, religiosos y civiles–, mostrar una imagen de pujanza que en realidad no poseen, a la vez que oxigenan, por algún tiempo, ideas retrógradas frente a las nuevas condiciones sociales con las que no pueden lidiar. Las mismas sólo tienen eco en los correligionarios y con ello lo tribal se afianza al disponer de una ideología (en su sentido original de falsa conciencia) paliativa que reacomoda la realidad a nuestras querencias. En la visión tribal mientras más absurda sea la idea más se afianza el sentido de nuestra verdad. Los otros son demonios, los otros nos atacan, los otros hablan con segundas intenciones. Los míos son benévolos, los míos se defienden, los míos se expresan sin ambages, los míos son los míos.
La tribu necesita un discurso estático que le permita coagular a los espíritus atribulados de sus miembros por la realidad objetiva. Ese discurso tiene que evocar una historia común y poseer una polivalencia de asociaciones con las aspiraciones de la tribu para facilitar su aceptación. Una vez asentado este discurso se le adscribe un tono, preferiblemente, inflamatorio y, sobre todo, trivial. Se trata de reducir a varias explicaciones sencillas y trilladas la situación límite que enfrenta la tribu.
Cuando las dos vías políticas principales del País (decidido así en las pasadas elecciones) se enfrentan en la discusión diaria establecen territorialidad al tirar la raya con su discurso partidista que se reduce a cual es el menos malo, y no a qué proyecto histórico le presentan al País. Mientras, la tercera vía (clausurada en las pasadas elecciones) observa a la distancia con posturas seudo moralistas, pero sin plantear medidas económicas viables o por lo menos creíbles. ¡Qué fácil, los polítiqueros, pasan de los galeones hundidos como medida para evitar la zozobra de nuestra economía a la investigación del precio de la mixta de arroz y habichuela en la cafetería de la Legislatura! Y así, ahogan los problemas importantes del país en los excesos de color del tabloide.
Con la tribalización y trivialización del discurso político caemos en la trampa de discutir todo desde un punto de vista simplista y sin escalafón. Por eso la discusión entre el gobierno y sus constituyentes, sobre las medidas que éste tomará para intentar sacarnos de la recesión económica de los últimos tres años (que algunos ya clasifican como depresión), es un asunto demasiado serio que no puede caer en esa trampa.
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